A D. :
La noche ha sido invertebrada. Entre Vientos de Agua y las voces que a diario reclaman un parte que dé cuenta de que aún sigo viva, me siento por momentos sin esqueleto.
Apareció La Peste y con ella una especie de idilio amoroso que me lleva a depositar en tu voz toda mi capacidad de sentir, que por estos días parece ser el único sentido que soy capaz de identificar. He leído al teléfono un capítulo mientras intentaba disimular mi falta de aire. A veces pienso que más allá de una peste, lo que padezco es una incapacidad humana que en este estado he podido por fin experimentar. La incapacidad de decir lo que siento. Me consuela saber que posiblemente padecemos de la misma angustia, aunque la distancia y la frecuencia con la que hablamos por momentos parecen oficiar de matiz que apacigua las bestias que nos habitan.
El menú de hoy se veía delicioso, un elixir que seguramente oficiaba de bandera matriarcal de aromas caseros y evocaciones de un linaje digno.
Tengo un registro concreto del movimiento de la luz desde mi cama, pero he decidido pausar la reproducción y levantarme a decir, con estos dedos que pesan sobre las letras que escribo, porque todavía conservo la capacidad de sentir por sobre todas las cosas. De vientos de agua me queda la sensación del intento de enfocar la luz de la luna a través de una copa de vino, una poesía con errores y una canción desafinada que abraza.
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