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miércoles, 10 de febrero de 2021

El pasaje Atlético

Cuando los lugares nos encuentran.
Dos años atrás pisaba por primera vez la calle inundada, ajustando los dedos de los pies para no perder las zapatillas. Ese verano pasé de sentir que volvía a la tierra de la que me había ido, a encontrarme con una casa imantada.
Aquí las mañanas son doradas, la luz abraza cadáveres y cualquier café siempre funciona. Encontré recetas pegadas en la pared, y hasta un flyer de mi primera muestra. Mantuve hasta ayer un recipiente de algo que fué jabón mientras estuve aquí. Las ollas y sartenes tienen paredes gruesas, de esas que cuentan historias y que ya no pegan nada que se cocine con amor. En una taza parece estar Batman, y entre grietas que decidí también conservar, es probable que descansen otros héroes.
Piso a piso los olores hablan de quienes habitan, el mío a veces palo santo y otras bodegón, no sé bien si es ya la esencia del lugar, lo cierto es que aquí habitan seres mágicos.
Cada botella destapada ha sido necesaria, como ésta.
Difícil otorgar a un espacio dimensiones como la de ternura, éxtasis o tristeza.
Fantaseo con cargar todo como está en una mochila y trasladarlo conmigo, para saber que puedo volver a entrar a este refugio, despertar con el sol calentándome los pies y remolonear con ojos cerrados medio sonámbula por los pasillos.
Vine aquí con la intención de vivir un gran amor, y es probable que eso haya pasado, o que esté pasando.
En el pasaje Atlético habitan seres mágicos.