Dos años atrás pisaba por primera vez la calle inundada, ajustando los dedos de los pies para no perder las zapatillas. Ese verano pasé de sentir que volvía a la tierra de la que me había ido, a encontrarme con una casa imantada.
Aquí las mañanas son doradas, la luz abraza cadáveres y cualquier café siempre funciona. Encontré recetas pegadas en la pared, y hasta un flyer de mi primera muestra. Mantuve hasta ayer un recipiente de algo que fué jabón mientras estuve aquí. Las ollas y sartenes tienen paredes gruesas, de esas que cuentan historias y que ya no pegan nada que se cocine con amor. En una taza parece estar Batman, y entre grietas que decidí también conservar, es probable que descansen otros héroes.
Piso a piso los olores hablan de quienes habitan, el mío a veces palo santo y otras bodegón, no sé bien si es ya la esencia del lugar, lo cierto es que aquí habitan seres mágicos.
Cada botella destapada ha sido necesaria, como ésta.
Difícil otorgar a un espacio dimensiones como la de ternura, éxtasis o tristeza.
Fantaseo con cargar todo como está en una mochila y trasladarlo conmigo, para saber que puedo volver a entrar a este refugio, despertar con el sol calentándome los pies y remolonear con ojos cerrados medio sonámbula por los pasillos.
Vine aquí con la intención de vivir un gran amor, y es probable que eso haya pasado, o que esté pasando.
En el pasaje Atlético habitan seres mágicos.