Nunca existió un encuentro, él soñaba cruzar sus dedos con los de ella uno al lado del otro de pantalodes arremangados y pies descalzos, al amanecer. Recorría una y otra vez los lugares todos, aquellos donde alguna vez la saludó, mirando sus ojos negros con ganas de tomarla de la cintura y besarla. Ella sabía que el era perfecto, que la haría feliz, pero sus piernas no temblaban al verlo, sus manos no transpiraban al escribirle y su corazón temía terriblemente a sentir. Al mundo. Mantenía sus palabras enfrascadas y solía embriagarse con frecuencia. Un, dos, tres, cuatro..."El amor dura dos semanas", solía decir todo el tiempo. Un hombre a la vez y entre una y cuatro semanas la obsesionaba. Leía, escuchaba, miraba. Preguntaba gustos, sabores, autores, y luego de regreso buscaba todo, en la mesa y con una taza de café durante días. Trataba. Se preguntaba por qué, cómo, cuándo, quién. Salía por las calles y en medio de cervezas charlaba, tenía vínculos nuevos. Apenas algunas hipótesis rondaban su nueva teoría (tenía millones) cuando lo que parecía encantado comenzaba a derrumbarse, lo idealizado ahora inexistente y la esperanza un poco trunca, hacían de todo una nube de humo, disipada a corto plazo, de a poco comenzaba su nueva búsqueda. Y así...Al archivo nuevamente, esta vez para otro análisis, nunca ella, sólo el resto. En eso consistía su dominó.
Tenía mucho miedo. Él, no lo sabía.
Tenía mucho miedo. Él, no lo sabía.