A D. :
Difícilmente logre en estas líneas expresar algunas ideas, pero he decidido no ceder al inevitable espíritu de derrota que habita las cuatro paredes entre las que me ha confirmado una llamada, que voy a tener que pasar los próximos 21 días. Quisiera contarte de una forma solemne, y al mejor estilo que pudiera existir lo que siento que atraviesa mi cuerpo, pero no me queda más que cuatro paredes y un teclado para expresar lo que me habita, que por momentos siento que me abandona. Entonces decidí escribir una carta, porque leí por Bestiario algo parecido y me resultó una buena idea. Ojalá llegara al menos a tener entre mis dedos la posibilidad de hacerte llegar una brisa que despierte una sonrisa epifánica en tu rostro, y que puedas bajar la mirada y entregarte a sentir un abrazo a la distancia. En el fondo, creo que mi intención es esa.
Intenté contar las baldosas del suelo dentro de mi cuarto, pero el fuego que siento en los ojos me lo impide, y me acordé de aquella charla en la que me decías lo gracioso que te resultaba esa forma de nombrar a una habitación, un espacio donde se duerme, y que por lo tanto debería llamarse dormitorio.
Me acuerdo sobre todo de tus ojos cansados que sostenían una especie de entusiasmo y a la vez tranquilidad, imagino que después de 4 meses del otro lado, volver a nuestro norte significaba mucho más que encontrarte con aquella extraña que alguna vez cruzaste en un bar, y que se comportó como si fuera un ordenador de pc, pero que en el fondo vivía el segundo gran duelo de su vida.
Desperté hoy, por primera vez en mucho tiempo, sintiendo la lejanía de todas las certezas que alguna vez pude amasar, quizás es esta sensación de que la muerte nos acecha que me aterroriza. Algo muy parecido a llegar a una ciudad que resulta completamente ajena, donde uno se siente literalmente sapo de otro poso, hasta que empiezan a ser visibles algunos rincones donde uno puede transformarse en un ser invisible al contexto, o la menos alejarse de la idea de que el resto de las personas se dé cuenta de que hay un extranjero.
Tengo entre mis manos una nota que en algún momento de la tarde de ayer pasó por debajo de mi puerta, la letra está un poco borrada porque el vaso de limonada que la acompañaba del otro lado evidentemente falleció. Las lágrimas de ese vaso llegaron a este lado que es hoy mi frontera. La nota dice: "No tengas miedo, voy a estar bien". La última vez que escuché algo parecido estallaba en llanto mientras cargaba los pocos muebles que me acompañaban, en una mudanza.
Resulta que ahora se me ocurre pensar en la idea de añorar, porque la imposibilidad de vincularme físicamente con alguna persona está siendo real, y me pregunto entonces por qué decido escribirte una carta a vos, y no a mi vieja, o a una amiga, no sé. Alguien a quien extrañe con la certeza de saber una voluntad de correspondencia. Resulta entonces que es gracias al confinamiento impuesto, al detenimiento inminente del paso del tiempo y la decisión de transformar mis horas de lucidez en algo que tenga sentido para mí, que decido escribirte.