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lunes, 22 de junio de 2020

Esto

Debajo del manto que cubría el sillón de aquella casa en silencio, debajo de esas flores gastadas de colores pálidos, había cueros rasgados.

Tenía la idea de poder controlar el tiempo, confundía sentimientos con pensamientos.
Descubrí que se siente a través del cuerpo, y no del corazón.
Pensaba que había crecido, miraba para atrás y me decía a mí misma que estaba todo bien. 

Mil veces me senté, casi todas las tardes preparaba el mate y recibía reuniones en el hall de entrada, preparaba un cuadernito sobre una mesa y prendía un sahumerio al costado. Me gustaba la idea de que el primer encuentro de la casa sea esa escena. Un sillón, una mesa, un mate y eventualmente un gato.

En ese momento confiaba, sin la necesidad de ver o comprobar.
Creí que era posible plantear un amor desde la libertad.
Parecía fácil tomar decisiones bajo la premisa de bueno o malo.

Se me ocurrió lavar esa vieja tela floreada, me acerqué y desde un costado la levanté, quedaban a penas centímetros de cuero sano, como para ver su color. En ese momento pensé que no podía dejarlo descubierto, porque entonces el primer encuentro al entrar a la casa, sería un sillón viejo, todo roto y gastado, que no invitaba a nadie a sentarse y cambiaba la hermosa relación con aquel espacio de aura tal especial.

Me doy cuenta que han pasado meses desde la primera visita, que desde ese día estoy parada al lado del manto que enmascara y a la vez me protege de exponer la fragilidad. 
No soy capaz de hacer promesas, pero sí me gustaría contarte que estoy lentamente empezando a ver que ahí, abajo de esa capa se respira denso, que la piel transpira de deseo, que el cuerpo extraña tu roce y que tiembla cuando vos lo acaricias. 

Sobre todo he visto que te quiero..







 

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