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viernes, 2 de abril de 2021

Una vez me dijeron que suelo ser críptica para los vínculos, que sostengo relaciones estrechas con pocas personas y que me cuesta asumir el riesgo de conocer nuevas. Ese día defendí con las herramientas que supe a mi favor, la idea de que las relaciones humanas necesitan de la reciprocidad, de una suerte de presencia, que deviene algunas veces en compañía y crecimiento. 
Alguien, a quien consideraba mi gran amor, me había contado de sus intenciones de partir, y desde entonces, subía las escaleras del primer piso donde vivíamos, derramando las lágrimas más pesadas de mi vida.
Trabajaba también en una oficina que estaba en un primer piso, así que todos los días intentaba resignificar el gesto de subir para pensarlo como una transición.
Pasaron 6 meses y me encontré en el borde de una pileta en un asado laboral (de esos momentos en los que pensás que cualquier opción que te lleve a salir de casa colabora con la idea de pasar el tiempo sin llorar). 
Sin saber demasiado y a los ya por entonces agotados silencios, entregué mis palabras a una conversación. Si algo funciona de la idea del revisionismo histórico en la vida personal, es que facilita la detección de situaciones que sin pretenderlo, protagonizan nuevos rumbos.
Recuerdo el agua un poco gris, la tarde neblinosa de verano tucumano, los envases de cerveza rechinando de fondo y el calor que cada tanto me obligaba a un chapuzón incómodo, inestable y cada vez más descarado (cual escena de La Ciénaga).
Con la complejidad que me caracteriza y la verborragia etílica del momento, me encontré con un casi desconocido y lo que después entendería como la simplicidad en persona. Ese día comenzaba mediante un choque de copas en una pileta gris, un acuerdo de convivencia incierto, con un ser casi desconocido.
Los primeros meses pueden resumirse en interrogante, me costaba entender cómo era posible que alguien viviese en el despojo, y entregase sus horas productivas a una oficina. Hasta que llegó una pandemia, el invierno y lo que gracias al revisionismo histórico puedo describir como una gran hermandad. 
Un año de teleconferencias al lado de la cama, muecas para confirmar almuerzos y termos de agua caliente asomándose por la puerta. Nuestros cumpleaños de a dos, las cervezas que entendíamos necesarias para bajar la manija. El living en eterno diseño, los espacios reutilizados. Bancarme en silencio mientras puteaba cien veces por día y las eternas dormidas en el sillón porque no nos daba el cuero ni para ver un capítulo entero de algo. El despojo y el apego conviviendo en el mismo lugar.
Pasaron casi dos años (o eso me gustaría escribir), y un mes desde que empecé mi partida, esta vez me toca a mí.
Con esta introducción decido enunciar mi carta de despedida, que de ninguna otra forma sería posible más que con un vino de compañía. Va.
He aprendido que la vida tiene su versión simple, o menos dramática. Que puedo prescindir de mucho más de lo que creía, incluyéndome a mi misma (eventualmente). Que a veces me pesan los mandatos y mi absolutismo y racionalismo no son más que una herramienta para darle curso a las ideas que considero indefensas y que me cuesta potenciar. 
He aprendido a mirar al costado y estar atenta, de tu compañía he aprendido a ser compañera.
Quisiera escribir una carta justa, que expresase en potencia mi cariño, pero me resulta insuficiente el lenguaje. He aprendido que el encuentro puede darse a la vuelta de la esquina (como dice el dicho popular), y que se determina por qué tan atente se está a la otredad, no a une misme. De la sutileza de leer entre líneas en una conversa de cocina y de la imposibilidad de decir también. He aprendido de las cosas que se deciden guardar, de lo valioso del andar en compañía y sobre todo, de los vínculos que pueden ser a la luz de una charla de pileta de verano.
Hoy me toca escribir desde esta casa, intentando ser respetuosa con el espacio, rellenando huecos y pintando paredes para que el futuro que te espera no me incluya, para que hagas de este tiempo un nuevo pasar, y deseando que incluya posibilidades hermosas de nuevos vínculos, con la certeza de que para ambes abrirnos a vivir el nuestro ha sido un desafío incierto que ha devenido en nada menos (de mi parte al menos) que la eterna necesidad de tener un "rumi" en la vida.

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